Expo 2008: De viaje por Zaragoza (II)
El viaje de ida
-Monforte me suena, ¿es un sitio donde hay un balneario?
-Ah... ¿Entonces es uno donde hay unas tartas muy famosas?
Había, además de mí, un señor mayor, con su bastón, y con mucha pinta de haber hecho el trayecto docenas de veces.
Yo tenía el asiento número 102, y tenía el 103 y el 105 para Rebe y su hermana. Pero cuando entré en el compartimento, el señor de bastón estaba en mi asiento. Como todavía quedaban sitios libres, no le dije nada, y me senté a su lado.
Para el viaje, yo tenía pensado llevar algo de lectura: unos artículos para los trabajos del doctorado de modo que pudiese ir subrayando algo, folios en blanco por si me daba por hacer algún diseño preliminar... la buena voluntad duró menos de 5 minutos: después de ese tiempo los artículos estaban en el fondo de la bolsa, de donde no salieron en el resto del viaje. De modo que alterné mi tiempo entre jugar con la N800, dormitar, mirar para los demás, dormitar... Y agobiarme. Llegó un momento en que, revisando por enésima vez los tickets, no era capaz de ver uno de los asientos.
-¡¡¡Joer, la chica de la taquilla no me pilló todos los asientos en el mismo compartimento!!! Rebe me va a matar
La coña es que estuve bastante tiempo mirando los asientos, a ver si se me había pasado algo por alto... hasta que se me ocurrió mirar dónde me había sentado yo. Y claro... al estar sentado el señor mayor en mi sitio, y yo en otro, pues resulta que ese otro sitio era también uno de los que tenía reservados. Hábil que es uno.
Cuando llegamos a Lugo, además de Rebe y su hermana, se subió otro señor, de modo que quedó el compartimento lleno, y nos sentamos ya cada uno en su sitio. La verdad es que no hubo nada especialmente destacable: alguna frase ocasional cruzada con los demás compañeros de vagón, calor e incomodidad. Cenamos en el vagón restaurante, lo que nos sirvió también para desconectar un poco y estirarnos, y, básicamente, dejamos pasar el tiempo.
Hasta que llegamos a una estación en algún punto que ya no recuerdo entre Lugo y Ourense, cuando ya se habían bajado la chica de los libros y el señor del bastón, lo único destacable fue la conversación pintoresca que se desarrollaba en el pasillo, al lado de nuestra puerta: un catalán y un gallego hablaban acerca de los trenes, el franquismo, los vascos, los catalanes, el camino de Santiago, la población de Vigo... La verdad es que le dieron un buen repaso a la actualidad. Pero, en esa estación tuvimos algún que otro cambio.
Por la puerta asomó la cabeza un señor:
-¿El asiento setenta y nueve?
-Estos son los del 100, el suyo debe estar un par de vagones más al fondo
Respiramos aliviados. El individuo tenía un aspecto lamentable: el pelo todo grasiento, peinado hacia atrás; las manos llenas de "oros": sellos, anillos, alianzas; las uñas largas y negras, la camisa abierta hasta la mitad, la cremallera del pantalón abierta también hasta la mitad... y un olor a alcohol y a tabaco que tiraba para atrás. Realmente había sido un golpe de suerte que el fulano pasara de largo, y todos en el vagón intercambiamos miradas de complicidad, como diciendo "menos mal".
Por eso, cuando el mismo individuo volvió, acompañado del revisor, y se sentó a mi lado, la decepción fue mucho mayor. Iba tan pasado que no había sabido interpretar el billete, pero aquel era su compartimento. Durante la noche nos deleitó con sus toses, en las que parecía que fuese a expectorar el hígado, sus quejas "-me duele el dedo gordo del pie", y su gimnasia. Sí, porque tenía unos puntos en el pecho, y de vez en cuando hacía unas cosas raras para "aliviar" esos dolores.
El trayecto no dio más de sí, bastante había sido. Hacia las 5 de la madrugada se había subido el último grupo, en Logroño, y una mujer poco menos que me exigió que le ayudase a subir su maleta al maletero de la estancia. También recordé lo divertido que era intentar mear en el tren, solo comparable a intentar mear borracho mientras alguien te empuja. Poco más: llegamos a Zaragoza a las 7 de la madrugada, con algo menos de una hora de retraso, nos unimos al novio de la hermana de Rebe, que nos esperaba allí valientemente, y llamamos a un taxi. Pero eso lo contaré mañana...